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 Por Santiago López
De la regeneración de las ciudades, de la transformación de la conciencia urbana y la necesidad de una nueva estrategia de desarrollo
La sociedad moderna tiende a una mercadotecnia y comercialización excesiva de los bienes, tendencia que difícil y lamentablemente no cambiará la crisis actual que nos ocupa, intensa, pero quizás no lo suficientemente dramática para cambiar un modelo que más que económico es social, depredador, y autodestructivo, que se incrusta en lo más profundo de cada uno de nosotros.
Dicha tendencia se remarca en diferentes escalas, desde la micro-escala en cuanto a comercialización de los elementos más superfluos (camisas, bolígrafos, lo que sea) hasta la macro-escala, que pasaremos a abordar. Se comercializa incluso la no marca des-igual etc, el colmo del colmo, me permito extender que se comercializa hasta la marca de Dios, Padre, hijo y espíritu santo, el misterio de la trinidad, tres y a la vez uno, el Papa como elemento de marca… Dios mío, pero no os sorprendais, de todo se puede repartir, seamos pródigos, porque también se llega a comercializar el partido político, anteponiendo el slogan, a un planteamiento riguroso de principios sociales y éticos.
Un hecho, el de la comercialización, que reside no tanto en el buen producto, que hasta no tiene que ser duradero (se vende incluso lo contrario) sino en el buen marketing, el secreto es el convencer si cabe el embaucar, que llegados al paroxismo, quizás se convierta hasta en sinónimo de innovar. Quizás significa duda, pero hasta un incrédulo admite la analogía: se les denomina innovadores, siempre que se envuelvan en un halo de marketing conveniente, oportuno, que oculte el tufillo indecuado de lo incorrecto.
Correcto, si correcto… y para mejorar la escena, se inserta el montaje en la tramolla perfecta, con el telón de fondo de la globalización, como un término que se inventa exnovo, para marcar el objetivo, la desregularización de los mercados, la competencia perfecta, es decir la competencia del marketing. Exnovo, ¿seguro?, porque al final suena a añejo y parecido a antaños mercados desregularizados, por ejemplo los de las colonias europeas, los de esclavos, los mercados del trabajo de la era pre-industrial, etc, etc, y se contrapone con la globalización de los logros sociales, alcanzados después de décadas de sufrimiento de uno de los pilares del capitalismo, la masa obrera. Cabría quizás hacer una reflexión no menos oportuna pero quizás dilatoria, de la evolución de la lucha obrera, y contraponerlo a las últimas décadas de laxitud… y de la “consolidación de un estado del bienestar”
¿Y esto qué tiene que ver con las ciudades? Pues mucho porque pasamos a la gran escala. Las ciudades se venden en un mundo globalizado como entes que tienen que competir con otras de su entorno. De nuevo el concepto: competir. Una ciudad es perfecta si es la que mejor compite, ¿y cómo se compite a escala de ciudad?… pues la verdad que es evidente, si se sigue el racionamiento perfecto, con marketing.
Pues si, la ciudad vende marketing, no es que venda marketing, sino que está obligada a venderse (sic) y los desarrollos urbanos de las ciudades también se venden con marketing. Por tanto, y en su justa medida, quizás la importancia de la civis, de los ciudadanos, ya no sea tal en dicho planteamiento, porque hay ciudades que no se soportan en sus ciudadanos, o que pretenden no apoyase en. La ciudad es un escenario, siempre lo ha sido, pero de ser un escenario generado, y soportando por sus habitantes, por sus ciudadanos, se pasa a la ciudad escaparate.
La ciudad escaparate es refulgente, incide aquí y allá en propuestas de sello de autor, de diseños insostenibles, si son raros mejor, por singulares. Es más, esto se lleva al extremo, se excavan montes para regenerarlos en forma, sirva por próximo el comentario, pero salgamos de visita, museos del revés con cubiertas de diseño de pasarela, edificios colgados inertes que yacen en la nada pero de costos pesados y fabulosos, mallas de acero, centros de postín… Parafernalia, y más parafernalia, incluso la rehabilitación se presenta desde la óptica del embellecimiento, el antes horripilante y el después inmaculado. Pero ¿y el ciudadano?, porque entre ese antes y después cabe preguntarse: quién vivía en el antes, quién vive si es que vive alguien en el después, el que vivía en el antes á donde se ha ido a vivir en el después, y a dónde se haya ido, cómo vive, si mejor que antes o peor que el que vive después en el lugar de su antes. Y si es así, para qué se ha rehabilitado, ¿para el continente? Si, si el contenido no se ve, es más se traslada en caso de molestia. Se traslada la civitas, porque la nueva civitas viene conformada por el ladrillo.
La ciudad escaparate, pues, nos obnubila a todos, sí hay que reconocerlo, porque brilla de día y si puede ser de noche, derrochando, mejor. La ciudad moderna, del paquete. Para qué mantener, para qué sostener, para qué gestionar, si es en ese mercado global y desarraigado, donde se tiene y se debe competir. Además, qué coñazo, si construir es más sencillo, y construir sobre lo construido mejor, solo exige dinero, más madera. Es la ciudad de la cinta, de inaguraciones y de las portadas del folletín. La ciudad de consumo rápido, si total no se vive en la ciudad, si solo se trabaja, se usa para lo que tiene que ser, para producir dinero, es una ciudad no del consumo sino consumida, y luego…si hay estress, se va al garito, al verde, verde que te quiero verde.
Si bien es cierto, la ciudad no es la ciudad escaparate, dios quiera que no se convierta tan en ello como parece desprenderse. Subyace una conciencia que soporta la ciudad, no la ciudad vividera, sino la ciudad de los ciudadanos, reivindiquemos lo obvio, la propia etimología. Si bien, ciudad que quizás ya no es ciudad, es territorio, que ya tampoco es del todo real, es en parte virtual, es la ciudad extensiva y casual, de unos ciudadanos que podrían denominarse “territorianos”. Una ciudad nueva, soportada en una nueva conciencia, real y virtual, que permite extender y recrear una nueva oportunidad de interaccionar entre nosotros, una reinterpretación extensiva y necesaria. Porque la ciudad que conocimos, se deshace, no desaparece, se transforma y difumina. Cuántos de nosotros hemos sido expulsados de la ciudad natal, y nos hemos readaptado en la ciudad de trabajo, del nuevo hogar, del retiro suburbano… cuántos hemos visto el exilio de los próximos por motivos diversos… y esa ciudad dispersa, ¿no es ciudad? Si es más real para muchos que la real, conforma la ciudad necesaria, porque la ciudad nunca la crearán los fuegos de artificio, la ciudad la crean mal que pese los ciudadanos, sus habitantes en cuanto a ciudad actual, pero tanto como ciudad futura, actual y pasada, como ciudad ciudad, esa extensa trama de ciudadanos que la han habitado, y que con sus recuerdos, hacen pervivir dicha ciudad en la historia.
Esa ciudad, ciudad ciudad, ciudad total, es la que se debe regenerar desde la propia sociedad, la que generan sus civis, los habitantes, los ciudadanos que en ella viven o han vivido, los foros, las opiniones, la estructuración social. La del debate-café. La de la calle como espacio de relación, la del contenido y menos la del continente, la ciudad vista con ojos de párbulo.
Sirva este como un pulso de esa opinión, de ese quehacer, quizás opinión equivocada, pero participada, que os elevo, no como utopía sino como elemento para un foro abierto, para hacer más extensa esa ciudad ciudad.
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